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Dos palabras que cuentan más

No siempre estamos tan seguros del significado de las palabras que pronunciamos y escribimos. Los automatismos del habla y la escritura a veces nos conducen a un vacío de sentido que se profundiza cuando ignoramos no solo el significado, sino “la vida de las palabras”, ese territorio que se explora desde la fascinante disciplina de la etimología. Borges escribió que «un idioma es una tradición, un modo de sentir la realidad, no un arbitrario repertorio de símbolos». En ese sentido diríamos que no es lo mismo “sentir la realidad” en español que en inglés o suajili. Se diría también que las palabras tienen “vidas” diferentes según el idioma al que pertenezcan. En cada idioma las palabras se componen con diferentes “repertorios de símbolos”, y lo que permite la etimología es rastrear ese rasgo de lo arbitrario que menciona Borges para encontrar coincidencias en la forma como sentimos, vivimos y pensamos la realidad a través de las palabras, y como estas evolucionan y cambian según el uso y las necesidades comunicativas de quien las pronuncia, las escribe y las lee. 

En el lexicón colombiano encontramos dos palabras que han configurado y condicionado nuestro comportamiento político y social desde el nacimiento de la república: guerra y paz. Vocalizadas, escritas y pensadas en múltiples contextos, pertenecen a la estirpe de las palabras que, como escribe el académico español Alex Grijelmo, no solo significan, sino que también evocan. Esa condición nos permite rastrear algunos matices interesantes para redimensionar su significado y poder propiciar otras lecturas menos polarizadas de la realidad política y social del país.

El rastro etimológico de la palabra guerra nos lleva a una de las tantas curiosidades que se dan en el devenir de las lenguas. En el latín de la Edad Media la palabra “guerra” correspondía a bellum, que algunos encontraron muy similar al bellus, del que derivaría la “belleza” en nuestro castellano. Para evitar la confusión, se incorporó el vocablo werra del germánico para expresar “pelea", "discordia" o "confusión", y fue esta finalmente la que evolucionaría hasta la “guerra” del castellano. Sin embargo, bellum también daría origen a “bélico” y “beligerante”, dos palabras que evocan la confrontación y la violencia que entraña un conflicto. Hoy en día la belleza y la guerra son difíciles de hermanar desde lo semántico, pero es posible encontrar pulsión estética en obras que recrean y documentan los estragos y secuelas de la guerra, como las pinturas de Beatriz González y las fotografías de Jesús Abad Colorado.

Ya apropiada en nuestro idioma, la palabra “guerra” se llena de matices semánticos y es objeto de interpretaciones en clave metafórica, simbólica e incluso paradójica, como cuando Ambrose Bierce la define en su Diccionario del diablo como «subproducto de las artes de la paz», y señala que «el terreno de la paz está sembrado con las semillas de la guerra y favorece su germinación y crecimiento.» Con más libertad, desparpajo y honestidad, los niños participantes del libro Casa de las estrellas, el universo contado por los niños, compilado por el antropólogo Javier Naranjo, nos entregan sus particulares definiciones de la palabra:  «Es un juego que jugamos los niños de ahora» (Paula Andrea Franco, 9 años); «Es cuando matan a los otros» (María Alejandra Soto, 10 años);  «Es estar la vida desordenada» (Sandra Eliana Ramírez, 8 años); «Gente que se mata por un pedazo de tierra o de paz» (Juan Carlos Mejía, 11 años). Tanto en esta última definición, como en la propuesta por Bierce, queda expuesta la complementariedad implícita entre ambos términos, la idea de que la una precede a la otra, o que la primera supone la inexistencia de la segunda, y viceversa.

El mismo rastreo con la palabra “paz” nos lleva primero al Imperio Romano, en el que la pax era justamente un periodo de estabilidad, orden y prosperidad. En la entrada del Diccionario del diablo, Bierce nos habla de una «época de engaño entre dos épocas de lucha»; y en voz de tres niños colombianos la paz «Es para unos que matan mucho» (Jonny Alexander Arias, 8 años); se da «Cuando uno se perdona» (Juan Camilo Hurtado, 8 años); y «Es el fruto de la tierra que todavía sobrevive» (Lina María Murillo, 10 años).

Con una gran carga connotativa, ambas palabras han atravesado siglos para dar cuenta de la forma como los seres humanos nos movemos entre polos opuestos, pero también cómo el lenguaje, y esas maravillosas unidades que son las palabras, se llenan de sentido en la medida que mejor las conocemos y las usamos para contar y contarnos.

Juan Felipe Gómez

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