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Mi primer terremoto en tierra firme

El 25 de enero de 1999, cuando yo era un niño de diez años, viví la experiencia que marcó la vida de miles de personas en el Eje Cafetero y, en particular, en Armenia. Ese día, mi madre, mis hermanos y algunas otras personas estábamos de paseo en una finca turística. Era un lunes, día hábil, pero, por situaciones que se fueron dando, un grupo de alrededor 30 personas estábamos fuera de la ciudad. La finca en la que disfrutábamos de un día caluroso está ubicada en la vereda El Rhin, de Armenia, muy cerca de lo que antes se conocía como el Parque de Recreación.

 

Muchos niños estábamos en la piscina, junto con algunos adultos que gustaban también de un día despejado. Lo primero que recuerdo fueron los gritos de las personas que estaban fuera de la piscina; seguidamente, vi cómo unas tejas de barro, de esas antiguas, caían una a una, como si alguien las empujara. El terremoto de ese 25 de enero lo experimenté en una piscina; recuerdo que intentaba llegar a la orilla, y en eso me quedé, en intentarlo, porque cuando se está en el agua, la sacudida de un sismo hace imposible llegar a la orilla. El movimiento se siente incómodo, porque el agua se mueve bruscamente, empujando a lo que está en ella hacia cualquier parte e impidiendo que el que quiera salir lo logre. Mi madre me extendió los brazos para que, por fin, lograra salir y abrazar a mi familia (por lo menos los que estábamos allí, mi padre estaba en el centro de la ciudad cuando sucedió el terremoto, gracias a Dios salió ileso).

 

Aunque durante estos casi 28 años ha temblado en Armenia, mi reacción casi siempre ha sido de tranquilidad, pues los sismos han sido leves y cortos, sin que me genere mayores preocupaciones. El pasado lunes 10 de agosto (también un lunes, como en 1999), el sismo que sacudió medio país fue distinto para mí. Este terremoto fue el primero que experimenté en tierra firme. La sensación es extraña, porque, al igual que en el agua, me sentí vulnerable; por más que estuviera de pie, en tierra, no experimenté mayor percepción de seguridad.

 

Lo que más me impactó fue el “rugido” de la tierra, ese extraño sonido que se mezcla con los gritos de las personas y de los edificios que se movían de un lado a otro, como un flan. Recuerdo que solo esperaba el momento en el que todo a mi alrededor cayera. No pasó nada de eso, mas no dejo de pensar en esa impresión que lo marca a uno, que le hace revivir momentos de hace tantos años y que nos ataca a cada momento, que nos dice que todo puede cambiar en cuestión de segundos, que somos vulnerables y frágiles ante la fuerza de la naturaleza… y que no hay escapatoria.

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