La poesía es para muchos un arte venido a menos, que no convoca, que no vende, que pareciera obedecer a un capricho de dinosaurios que, como yo, escriben para salvarse. El gran cineasta colombiano Simón Mesa Soto le ha escrito una carta de amor a todas esas voces en su premiada película Un poeta. Y es que el boom que actualmente tiene este filme es sencillamente milagroso. Ha tocado la fibra de miles de espectadores en todo el mundo —en especial en Latinoamérica y mayoritariamente entre jóvenes que se sienten identificados con el personaje de Óscar Restrepo— y, de manera generosa, le responden con cuadros, animaciones, sketches y dibujos. Un poeta nos ha revelado que la poesía está más viva que nunca.
Sospecho que, al plantearse la posibilidad de escribir una película en Colombia sobre los círculos culturales, más exactamente sobre la poesía, al director le pasó por la mente —a lo Ribeyro— La tentación del fracaso. Y aplaudo que haya sucumbido a la tentación. Nos ha regalado no solo una postal humana, profundamente humilde, pero también chocante sobre esos seres soñadores que habitan en nuestras ciudades. Esos que andan con un librito bajo el brazo, una pola en la mano derecha y su vehemencia en la izquierda. Enfrascados en discusiones en apariencia superfluas sobre si García Márquez o José Asunción Silva, si Cortázar o Borges.
Es en la posibilidad de que el cine se plantee preguntas distintas donde revive la poesía. Hay tal carácter de verosimilitud en esta película que, si no sientes que has conocido a muchos como Óscar, entonces es muy probable que ese Óscar seas tú. La película no solo se acordó de la poesía y los poetas, sino que nos interroga sobre el fracaso, la hipocresía y la doble moral de ciertos círculos culturales, el poder de las mujeres como aportadoras de sentido y, por supuesto, la paternidad. En cada uno de estos temas ofrece una mirada nueva, certera, que acaso ya conocíamos, pero que el cine hace real, casi palpable.
Un poeta —y esta es una de sus grandes virtudes— es profundamente antiIA. Esa IA que todo lo mejora, lo refina, lo hace más brillante y con mejor definición, y por ello menos accesible, menos capaz de tocar al ser humano. Qué gran mensaje para los creadores: hacer un cine que no tiene pudor en mostrar muslos gruesos, familias masticando descuidadamente, vasos llenos de Frutiño, calles desordenadas, gente fea. Esta película es un regreso a lo humano y por eso es tan universal. A la nostalgia que despierta su temática se le suma la nostalgia de lo que dejaremos de ser. De los cuadernos en los que escribíamos, de los sueños que tuvimos; muchos de ellos, sueños de la imaginación y de la sensibilidad humana: cantar, pintar, bailar, escribir una historia.
Es tan sencilla e inteligente, está tan bien contada esta película, que puso a maquinar a toda América Latina. Personas de todos los orígenes interactúan con ella, la analizan, relacionan su entorno y lo hacen con una solvencia, como si la hubieran habitado en vez de simplemente ser espectadores del like o del dislike. He escuchado a argentinos, chilenos, mexicanos, peruanos, mujeres y hombres, jóvenes y viejos, que no solo la vieron, sino que no logran sacársela de la cabeza.
A mí me ha pasado lo mismo. Mi primer pensamiento al ver Un poeta fue: “La poesía hace esto de uno; esa es la condena y al mismo tiempo la redención que nos brinda”. Ser incapaz de asumir del todo la vida práctica, real. Verlo todo desde el filtro poético. Encontrar belleza en tantas situaciones y al mismo tiempo hacerse psicólogo o vidente para detectar el lado trágico de esas mismas cosas. ¿Quién nos dice que tenemos que renunciar a eso? ¿Qué nos obliga a renunciar a la poesía? ¡Nada, nadie! Y no deberíamos atender los presagios de caducidad de esta noble expresión.
Lo de Simón Mesa Soto en su guion también demuestra un cierto desencanto: el mundo cultural no es hermoso, aunque lo pretenda. Está plagado de gente rota; hay codicia, hay pose, hay frustración y envidia. ¡Pero, oh, caridad del arte!, él no necesita que lo sea. Lo observa en su naturaleza y no busca elevarlo ni mucho menos destruirlo. Lo representa, y así es la poesía: voluntad y proyección. Así se constituye uno de los grandes y más bellos encuentros que ha dado el cine en nuestro país en los últimos años: el abrazo del poeta con el cineasta. Dos gigantes que resisten.

