Un caudal de pétalos ya marchitos
recorre las venas que alientan
mi frágil y cruel corazón.
Una tarde luminosa y llena de espinas
reseca los hilos de sangre
que fluyen en mi cabeza.
Dentro de mí yace el desorden,
la rabia, la decepción.
De mi boca asoman puñales
que cortan el aire y hieren
con su acento metálico
a quienes tanto amo.
Después, lo de siempre,
el gris arrepentimiento,
la conciencia a cuentagotas,
el llanto que clama
un último perdón.
El daño está hecho,
y ahora juega en mi contra.
Mañana será mañana,
y yo seguiré siendo el mismo,
o tal vez no.
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