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La mirada circular

La que intenta verlo todo, pero no ve un carajo. La que, de tan redonda, es incapaz de adentrarse en los rincones del alma. La que se planta en los postigos, inquisidora, esperando el momento oportuno de emitir su juicio. La que fija rumbo en dirección a la riqueza material, cueste lo que cueste, y no repara, y no se apena, y mucho menos se preocupa por disimular su miseria intelectual. La mirada circular avanza, ambiciosa, aviesa, entre las aguas del escrúpulo y la vergüenza, es un Moisés contemporáneo, el esclavista prometido. Cualquiera podría pensar que tiene límites, pero se equivoca, la mirada circular busca abarcar el mundo, imponer su relato, tergiversar la historia.

Quienes la promueven se especializan en mezclar peras y manzanas, según les convenga. Lo mismo impulsan el nacionalismo que el esnobismo, la aporofobia que el populismo, el neoliberalismo que el antiglobalismo, la fe cristiana que la barbarie. Proclaman la identidad nacional, étnica y cultural, pero se entregan a los gustos, opiniones y costumbres de los hombres y naciones que consideran superiores. Hablan en nombre del pueblo, pero rechazan al pobre, el gasto público enfocado en el desarrollo humano es su peor enemigo. Defienden el libre mercado, pero impugnan el poder de las élites globales que lo mantienen a flote. Reverencian a su Dios de rodillas, entre salmos y cantos de alabanza, pero se extasían cuando posan para las cámaras caminando entre cadáveres.

La mirada circular no es asunto de estúpidos, aunque lo parezca. Es más bien una declaración de intenciones belicistas que apunta a la instauración de un nuevo orden económico y político en el que los pobres y rebeldes de este mundo puedan ser condenados a desaparecer sin restricciones de ninguna índole. Es reduccionista, sí, y absurda, también, pero es real, va in crescendo, y no se detendrá en cualquier esquina a rascarse la desidia de su cabeza dislocada. ¿Qué hacer, entonces, qué postura adoptar, y cómo actuar frente a una tendencia que se muestra cada día más peligrosa? Resistir, supongo, en los coloquios y las calles, claro está, como de costumbre. Implementar una estrategia digital que permita el acercamiento al público joven mediante un lenguaje fresco y directo, pero bien pensado, podría ser una alternativa, siempre y cuando se renuncie al discurso ambiguo del progresismo posestructuralista, al discurso Frankenstein, padre del monstruo que hoy nos persigue por los intersticios que va dejando su propia sombra, a la otra mirada, la angular, de la cual me ocuparé en la próxima columna.      

 

 

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