Hablar del amor es un propósito muy grande; ¿cómo va uno a saber si sabe del asunto? Si de verdad ha amado y, más aún, si ha sido amado. En cualquier caso, decía Borges que era lo único por lo que valía la pena vivir, añadiendo —y vaya añadidura— que solo lamentaba de su paso por este mundo el no haber amado. Entonces me ocuparé de este asunto para el cual, a mis nobles 42, aún me siento novata. Ayer veía la película Los puentes de Madison, protagonizada por los enormes Meryl Streep y Clint Eastwood. Ahí se representa una forma del amor: el amor súbito, repentino, la serendipia. ¡Este par se enamora profunda e irremediablemente en cuatro días con sus dulces noches! Me gustaría creer, y sospecho que es real, que esas cosas ocurren.
Hay encuentros arrebatadores y, ¡qué doloroso cuando no se puede sostener un amor! No deja de ser cine, a fin de cuentas, y hay amores que son como el cine. Pensaba yo: es hermoso, aunque sea por un instante, acariciar el amor, palparlo, saberlo materializado. «Entre amor y desamor es peor que no te amen», decía recién el magnífico Alejandro Dolina en uno de tantos podcasts argentinos. Puede ser, querido Alejandro, pero saberse capaz de sentir amor es algo milagroso.
Amar tiene esa virtud, una suerte de elegancia. Jaime Sabines los llamaba «los amorosos»; es otra clase, otra gente, y qué lindo sería algún día toparse con esa gente. La gente del amor. En primer lugar, habría que creer que existe y que su naturaleza es por defecto perecedera y por virtud inevitable. Eso es lo bonito del amor. Hay una frase de Andrés Calamaro, una defensa un poco débil, casi inocente en cuanto al amor y las malas elecciones: «Ese pulso que jugué porque quise lo perdí». Escribo esto y sonrío: creer que uno pierde en el amor «porque quiere» es muy de Schopenhauer con su asunto de la voluntad. «La noche es mi soledad, la noche es mi voluntad de soledad», escribió Gaston Bachelard en su Fragmento del diario de un hombre; creo que esa frase me ayudó a entender por igual a Calamaro y a Schopenhauer.
Uno tendría que celebrar la visita del amor, por más desafortunado que resulte el acontecimiento. Es como ver un extraño fenómeno de la naturaleza: avistar una especie que habían declarado en extinción o un evento cósmico que solo ocurre una vez cada cien años. Robert, el personaje de Clint Eastwood, le dijo a Francesca (Meryl Streep), ya derrotados por la conciencia de un amor impracticable: «Sólo se tiene esta certeza una vez en la vida». Y qué esperar ante una frase tan rotunda, casi una sentencia: valor o cobardía. Sensatez o arrebato. ¡Hermosa mecánica del amor, que no solo es impertinente, sino que te apura!
«Es el amor, tendré que ocultarme y huir», dijo Pessoa. Y es que el amor, o su aparición en nuestra austera vida, a veces puede parecer un exceso, una extravagancia. ¿Cómo se permite uno una cosa así? A mucha gente le resulta aterrador, casi peor que si lo visitara la muerte. Y no habría que ser un Casanova ni la Elizabeth Taylor de la vereda para saber que al amor lo sucede la fatalidad. Entonces el «amoroso» deja de amar o de ser amado, o el amor mismo como milagro se convierte en algo corriente, tedioso. Se desnaturaliza y aparece un nuevo ritual: el olvido.
Qué solitario se siente el proceso del olvido. El amor parece acompañado, incluso cuando no es correspondido; se acompaña de ilusión, fantasía, anhelos... El olvido, por su parte, es el acto más íntimo, no es ruidoso, no es desesperado. Te pone a pensar, no te exhibe. ¡Es sabio, profundamente sabio!, y qué paz se siente cuando regresamos a nuestra propia vida. No se trata de olvidar personas ni instantes; uno se olvida del amor que despertaron. Por ahí dicen que el cambio requiere una muerte.
¡Sí, señor Pablo Neruda, usted lo había dicho!: «Es tan corto el amor y es tan largo el olvido». El olvido no es la cara opuesta del amor, es su continuidad; ni siquiera el odio lo es. Pero, por más nerudiano que sea el olvido, llega. Un buen día te despiertas y ya no se te aparece en la mirada. Ya no te cambia el tono de voz ni se te agitan las manos. Esos lenguajes del amor, otrora delatores, ahora salen en tu defensa y se vuelven señales de olvido. Pero hay que tener cuidado: el olvido no se pide, se manifiesta. Recuerden que «querer el olvido es la forma más aguda de acordarse», como dijo el filósofo. No es cuestión de voluntad, como tampoco lo es el amor. Son cosas que pasan, formas de la caridad del tiempo y un despertar: una pérdida de lo extraordinario en el otro y en uno mismo que es fundamental en el proceso. La mente suele recordar lo inconcluso, lo indescifrable. Es importante saber vivir con ciertas dudas sin convertirlas en amor, de ahí que se manifieste la certeza del olvido.

