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Amarillo, azul y sangre

Mi tristeza se camufla en el hambre,

en el temor constante a que los de rojo y negro

ahora vengan por mi libertad.

 

Estoy lleno de heridas,

signos de violencia

que marcaron con su impronta

de fuego un pasado reciente.

 

Hace algún tiempo se llevaron

a mi hermano Daniel,

y con él la pasión que

compartimos por el fútbol.

 

Los de rojo y negro arruinaron

con manchas de vino tinto

el lienzo que tardamos

doce años en pintar.

 

Y ahora, a quién le rezo,

a quién le pido compasión,

a quién le exijo reparar

mi alma dañada,

con quién desahogo el anhelo

de recuperar la tierra fértil

de la que fui expulsado.

 

Tierra que coreó el canto

de nuestros pies descalzos sobre

el barro y las hojas húmedas,

cuando la sonrisa de Daniel

le arrebataba su blancura

a las nubes de verano.

 

De su boca salían las palabras

atropelladas, llamádome a desayunar

chocolate caliente con arepa y matequilla,

invitándome a las aguas

gélidas de la quebrada San Lorenzo,

dicéndo te amo, mi negro, luego

del abrazo cálido y la toalla

amarillo y azul en mi espalda,  

la misma que el rifle de los de rojo y negro

empapó en sangre y nostalgia.

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