MENU

Las grietas

Solo quedan las aberturas que dan cuenta de lo sucedido. Las grietas. Caminos completos que anuncian a quien las observa que antes algo estaba bien y ahora no. Suceden como nuestra propia vida: antes no había nada, luego un algo, una pared blanca, por ejemplo, inmaculada, bella, y basta con el movimiento, los gritos que se oyen a lo lejos y, de repente, una línea que anuncia el paso, el principio y el final. No nos preocupamos por las que son profundas, porque antes de que nos demos cuenta, aquello que las contiene ya está en el piso, destruido, sin posibilidad de reformarse. Nos aterramos por las que quedan y que, luego de casi un mes, siguen apareciendo. Esas son las más fuertes, las que podemos ver, tocar o admirar desde abajo, y nos ayudan a entender que el piso tres, el cuatro y el cinco quedaron inhabitables, porque ahí están, las señalamos y lamentamos su aparición.

 

Las grietas, cuando son pequeñas, son ocultables, incluso imperceptibles; las vemos y recordamos que algo sucedió, pero no fue tan grave, sabemos que en cualquier momento se volverán a pintar, que basta “una manito” de resina y otra de pintura y, en menos de medio día, lo que fue un problema queda oculto nuevamente por el color, blanco, por supuesto. Hacemos lo mismo con nosotros, nos dicen que hagamos lo mismo con nosotros, nos exigen que hagamos lo mismo con nosotros. Porque esas grietas pequeñas son curables, son superables, son despreciables. ¿Qué exagerado es creer que una grieta pequeña puede causar tanto escándalo? ¡Ubícate!, nos dicen. Que eso que ves ahí, diminuto, sencillo de arreglar, sea el impulso para hacerlo. No tienes más opción. Es una grieta pequeña, a todos les pasa, nos pasa, porque la vida sigue. Tiene que seguir. Debe seguir. Échale pintura, verás que con eso basta. Ponle maquillaje, verás que se embellece. No la mires mientras juegas, verás que desaparece.

Las grietas medianas son un poco más escandalosas, recorren más de una pared; depende del camino, anuncian el exilio o el pronto regreso. Quienes las señalan deciden: Puedes quedarte. No puedes volver. Quienes regresan pueden resanarlas, limpiarlas, taparlas, olvidarlas. Guardar el recuerdo, sin duda, como anécdota para las visitas que pronto llegarán. Para los futuros que aparecerán. Historias que perdurarán si se quiere o que se olvidarán por conveniencia. Se perderán por necesidad. Las grietas medianas marcarán a una familia, pero serán reservadas para la sociedad. La vergüenza de saberse débiles procurará en muchos su arreglo rápido, silencioso, sobre todo para quienes pueden hacerlo, porque no cabe en esta ecuación a quienes les han de ayudar. Las grietas medianas han de ser evaluadas, respetadas, atendidas, auxiliadas. Son más evidentes, pero a la vez más aceptables. Se vuelven incluso referentes. Si ellos que tuvieron esas grietas pudieron, ¿cómo tú sin ninguna no serás capaz? La vida tiene que seguir, debe seguir.

Las profundas son las que preocupan, pero no las mencionadas arriba que cumplen completamente su misión destructiva, sino esas que tratamos como si fueran medianas o pequeñas. Que pretendemos pintar, remendar, decorar, hacer creer a otros y a nosotros mismos que son curables, además, sin ayuda. Que nosotros mismos podemos arreglarlas. Que no necesitamos de nada más que el tiempo, la soledad y uno que otro ayudante de vez en cuando. Las grietas profundas se dividen entonces en las que exilian y en las tolerables. No le causan miedo a quienes las tienen y las reconocen, pero sí a quienes las descubren cualquier día por alguna razón, porque las grietas quedan, no se van, no se borran. A duras penas se reconstruyen, pero hay que ser cuidadosos, son tercas, son orgullosas, son vengativas. Aparecen de repente o duran años y años en dejarse ver nuevamente. Esas son las que me interesan. Las que no logramos ver al principio porque la pintura, la decoración y el ruido las ocultan. A esas hay que tenerles paciencia, hay que saberlas escuchar para que aparezcan. A esas no se les debe tener miedo porque se develan. Esas grietas son las importantes, porque son las que se mantienen en el tiempo.

Las grietas, pues, regresaron. ¡Véanlas! Y no las del lunes pasado, sino las del antepasado. Las que pretendimos que jamás volviéramos a ver, las que no quisimos atender. Las que simplemente señalamos como algo que fue y que nombramos cuando es su fecha, pero el resto del tiempo hacemos como si nada. Ocultas en progreso, en avance, en futuro. Pero vean, aún están ahí, son palpables. Las grietas que nos tocan ahora son la deuda histórica. No es nuestra culpa, pero algo debemos hacer. No las pintemos, no las borremos, no las ignoremos. Mostrémoslas como lo que son, grietas y ya. Porque estamos cuarteados, afectados, destruidos, aunque sigamos. No estamos bien, no lo estaremos, aunque lo pretendamos.

Las grietas, aunque queramos, no han de borrarse, pero depende de nosotros reconstruirlas completamente. El terremoto solo es una excusa, ese algo que nos quitó la pintura nuevamente, que nos muestra que aún están ahí, que todavía quedan, no solo de 1999, también de 2020, de 2011, de 2007, de 1985, de 1970, de 1886, de las que te aparecieron cualquier día, en febrero o en algún tiempo. Las que trajeron tus abuelos. Las que cuidaron tus padres. Las que te heredaron. El problema no es finalmente que existan grietas. El detalle es seguir la vida que continúa como si no existieran. Tenemos la oportunidad de volverles a hacer frente. Podemos resanarlas, cuidarlas, pintarlas. El primer paso es señalarlas. ¡Véanlas!, están ahí, allá, aquí…

¿Te gusta? Compártelo
Boletín de novedades

suscríbase a nuestro boletín y reciba todas las novedades en su correo

Whatsapp-Contact