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Faulkner versus Hemingway

Cuentan los que estuvieron al tanto que la famosa disputa se dio a raíz de un comentario destemplado que Faulkner hiciera sobre la obra de Hemingway. Corría el mes de abril de 1947, y Faulkner había sido invitado a participar en una sesión de preguntas y respuestas con estudiantes de escritura creativa en la Universidad de Mississippi. En desarrollo del acto, algún estudiante le pidió que enumerara los que a su juicio eran los cinco escritores más importantes de la época, a lo que Faulkner respondió con una lista de novelistas estadounidenses integrada, en orden, por Thomas Wolfe, John Dos Passos, Ernest Hemingway, Willa Cather y John Steinbeck. Cuando alguien más le preguntó qué posición ocuparía él en aquella lista, Faulkner no dudó en ubicarse en segundo lugar, después de Thomas Wolfe, que llevaba nueve años fallecido. De Wolfe había dicho que tenía coraje, y que escribía como si le quedara poco tiempo de vida. De Steinbeck dijo que hacía algún tiempo había tenido grandes esperanzas en él, pero que ahora no lo sabía. Y de Hemingway, su eterno némesis escritural, que le faltaba coraje, que nunca se había arriesgado, y que en su obra jamás utilizaba una palabra que obligara al lector a consultar el diccionario.

Hasta ahí, sólo una anécdota, nada que algunos autores no opinaran, por lo general en privado, de este o aquel colega, nada fuera de lo común y corriente, nada tan extraordinario como para trascender la escena de una charla, a veces amena, otras amarga, con principiantes. El problema surgió cuando, en mayo de ese mismo año, las declaraciones de Faulkner fueron transcritas y publicadas, a modo de comunicado de prensa, por Marvin Black, entonces director de relaciones públicas de la Universidad de Mississippi, en el New York Herald Tribune. En respuesta al comentario, Hemingway sugirió que Faulkner no era más que un alcohólico al que el talento se le ahogaba en la bebida, pobre Faulkner, dijo, ¿de verdad cree que las grandes emociones vienen con palabras rebuscadas? Cree que no conozco las palabras más sofisticadas. Claro que las conozco. Pero hay palabras más antiguas, más sencillas y mejores, y esas son las que uso.

Cualquiera podría pensar que el sonado desencuentro, apenas uno entre todos los que definieron treinta años de rivalidad sin cuartel, obedeció exclusivamente a la antipatía mutua, un simple choque de egos. Pero no, en juego estaba la vanguardia del canon gringo, la excelencia y el prestigio, el fondo y la forma en que cada uno, fiel a su respetivo estilo, entendía y escribía literatura. A Faulkner no le gustaba de Hemingway la concisión narrativa, la economía de recursos, las frases cortas, la sencillez de su prosa, su desmedida apuesta por lo no escrito. Hemingway, por su parte, criticaba en Faulkner la complejidad estructural de su obra, la exuberancia del lenguaje, los flujos de conciencia de sus personajes, el sobrepeso de los adjetivos, el tiempo como noria, el ir y venir sobre lo mismo.  Palmarias diferencias estilísticas que la Academia Sueca supo distinguir con la entrega del Nobel, primero a Faulkner, 1949, luego a Hemingway, 1954. Lo mismo, pero a la inversa, hizo la Universidad de Columbia con el Pulitzer, al premiar a Hemingway en 1953, y a Faulkner en 1955, reconocimientos más que merecidos a la vida y obra de dos caballeros que hicieron de la literatura la liza de sus duelos, dos románticos alcoholizados, dos genios a los que ya casi nadie extraña, en tiempos de reguetón.      

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