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Levantarse con los libros

Un día antes del terremoto del 10 de agosto, leí el artículo en el que el escritor y experto en mediación lectora venezolano, Fanuel Hanán Díaz, relataba su experiencia durante el sismo que devastó buena parte del norte de su país el 24 de junio. Desde su rol como lector y mediador, Díaz repasaba “los libros que se cayeron al suelo” en su casa, y entre los cuales seleccionó la lectura que compartiría días después de la catástrofe con un grupo de niños refugiados en un parque. «Elegir qué leer nunca es una decisión improvisada. Mucho menos cuando quienes van a escuchar una historia acaban de atravesar por una experiencia que incluso los adultos apenas conseguimos entender. ¿Debía escoger un relato que hablara del miedo? ¿Un libro sobre catástrofes naturales? ¿Uno que invitara a olvidar lo ocurrido?», reflexionaba el escritor.

Mientras leía el artículo, vino a mi mente un recuerdo de 1999: después de varios días del terremoto del 25 de enero de ese año, tras desalojar la casa familiar en ruinas, los pocos libros que tenían mis hermanos mayores, y que ya empezaban a llamar mi atención, se deterioraban en un par de cajas sin que a nadie pareciera importarle. Salvar los tomos de la Enciclopedia El mundo de los niños fue entonces mi propósito, y aunque se perdió uno de los títulos más queridos (Niños de todo el mundo, con cuentos e ilustraciones de diversas tradiciones), el resto de la colección sobrevivió y pasó a ser una de las obras más queridas de mi futura biblioteca.

 

1999-2026 / 6.2-7.4

27 años son un cuarto vida. Los que vivimos el terremoto de 1999 siendo niños aprendimos que los números también servían para medir la furia de la tierra. Lo que no podíamos imaginar es que nuestro calendario vital tendría otra fecha tristemente memorable, y que la cifra de 6.2 en la escala de Richter, que en su momento nos pareció aterradora, sería relevada en nuestra memoria por una más violenta: 7.4.  Con 11 años y a pocos días de iniciar el grado séptimo, el entusiasmo por las matemáticas no se correspondía con el que me empezaban a producir los libros y la naturaleza, aunque a la 1:19 de la tarde de ese lunes 25 de enero ella, la naturaleza, me recordara lo hostil que podría llegar a ser. 27 años después, en un lunes de agosto a las 7:34 de la mañana, ya no como estudiante sino como profesor, la sentiría manifestarse de nuevo con un punto y dos décimas más de intensidad.

 

El pavor bajo un cielo de azul infinito

Había llegado al colegio pasadas las 7 de la mañana. Los lunes inicio la clase de lectura crítica a la segunda hora con el grado 11. La predilección por el clima frio no me impide disfrutar las mañanas despejadas y de sol radiante que le dan al campus del colegio Antonio Nariño de La Tebaida y sus alrededores un ambiente agradablemente campestre. Los árboles, que contrarrestan los casi 30 grados centígrados habituales en la temporada de verano, actuarían ese día y los siguientes como sismógrafos de emociones. Después de dejar lista la biblioteca escolar para la clase, me dispuse a repasar las dispositivas y la secuencia de trabajo con los textos de la semana. No había pasado un minuto cuando despegué los ojos de la pantalla al notar un movimiento irregular en uno de los arbustos que están frente a la puerta de la biblioteca. El “está temblando” entre dientes me impulsó a pararme y caminar con cautela hacia a la puerta apenas ajustada. El vocerío habitual de los salones adyacentes parecía inalterado, así que supuse inicialmente que nadie se había dado cuenta. Entonces sobrevino lo que personalmente considero la sensación más aterradora durante un temblor, y es la expectativa de que se intensifique gradualmente hasta convertirse en terremoto. A partir de entonces empieza la percepción difusa de la realidad y del tiempo, pues pareciera que la intensidad del movimiento bajo los pies y de todo alrededor provocara un cortocircuito entre la mente y el cuerpo. Disociación, es el término usado desde las disciplinas que tratan el cerebro.  Los gritos y el llanto en aumento de los niños de primaría aferrados a sus profesoras para no caer, las súplicas de otro a Dios para que parara el movimiento, mis rodillas en el suelo dos veces tras el equilibrio vencido por las violentas ondas, el cruce de miradas con un compañero para decirle la obviedad de que no era un temblor sino un terremoto, la sensación, ante la abrumadora duración del sismo, de que se trata del fin del mundo y lo siguiente es ver la tierra abrirse, el movimiento desaforado de los guaduales y los árboles como si marcharan en estampida o se sacudieran las hojas secas; todo en una sucesión de instantáneas enmarcadas por los rayos de un sol esplendoroso en un cielo de azul pálido e infinito. Una claridad que probablemente confunde más al cerebro, pues estamos acostumbrados a que el decorado de una tragedia sea el cielo gris que amenaza lluvia.

Cuando por fin cesó el movimiento, la sensación de irrealidad se acentuó por unos segundos con un silencio que fue dando paso a una confusión de voces y llantos. Las reacciones de padres y acudientes que empezaron a llegar por los niños me sacaron del pasmo y me recordaron que mis papás estaban solos en casa.       

        

La angustia de la incomunicación y la prevalencia de la radio  

 

En 1999 los celulares y el internet eran apenas una novedad lejana en muchas zonas de Colombia. La mensajería instantánea deslumbraba en las películas y las cámaras fotográficas digitales apenas empezaban a popularizarse. Para informarse se dependía casi exclusivamente de las noticias por televisión, limitadas por los cortes de energía, y a través de los radios de baterías. Para registrar los estragos del terremoto, se recurría a la muy popular cámara “piscinera”, que daba a las imágenes reveladas un aire de nostálgica imperfección. Volver a los álbumes de fotos de hace 27 años y recordar lo que no había en ese entonces en medio de la tragedia es revisitar un museo del dolor y la incertidumbre, y también evidenciar que la tecnología no es infalible. Finalizando entonces el milenio, aparecía la radio con la persistencia de sus ondas para llevar la información y el entretenimiento tan necesarios en medio de la catástrofe.

27 años después, cuando 9 de cada diez colombianos tiene o usa un teléfono celular, la incomunicación después de un terremoto sigue siendo uno de los factores que incrementan el caos. El instinto de querer saber cómo se encontraban mis papás me devolvió a la realidad trastocada por las ondas sísmicas, pero al encontrar inútil el aparato en mi bolsillo, sin ningún tipo de señal, sobrevino el nudo en la garganta y el empezar a dimensionar la gravedad de la situación. Mientras veía cómo las compañeras de primaria despachaban a los niños con sus padres todavía en medio de la conmoción, con una entereza y bondad encomiables, intenté la comunicación desde los aparatos de otros profesores, pero fue inútil. De modo que el trayecto entre La Tebaida y la casa de mis papás en el corregimiento de Barcelona, primero en el carro de un amigo y después en transporte público, con embotellamiento a la entrada de Armenia y paso restringido en el sector de Balboa por un deslizamiento, me tomó más de una hora en la que la zozobra y el miedo se alternaban para añadirle drama a mis pensamientos.

 

“Sismorresistencia”

Una de las ventajas del transporte público es poderse entregar a la observación de los paisajes por la ventana. En este caso, la atención estaba fija en el estado de las edificaciones a ambos costados de la carretera. Solo algunas grietas y pocas personas en actitud de acontecimiento en el trayecto era una señal alentadora.

El nudo en la garganta se deshizo cuando vi a mi sobrina Gabriela, que vive cerca a la casa de sus abuelos, conversando con una vecina y a mi hermana hablando con mi mamá. Papá reposaba en la cama y nos juntamos en la sala para intercambiar testimonios. Por instinto pregunté si ya habían inspeccionado la casa en busca de averías o grietas. La respuesta de papá y la evidencia ante mis ojos me dejaron entre la incredulidad y la gratitud: la casa, construida después de 1999 y adecuada con esfuerzo durante varios años, resultó indemne a pesar del remezón.

De pronto mi sobrina dijo: “tío, usted viera como quedó su cuarto”. No tuve que esforzarme mucho para imaginar el “cuadro” y después presenciarlo: una buena parte de la biblioteca se fue al piso y la caótica disposición de los libros me provocó un leve desconsuelo. No era nada grave, por supuesto, pero ahora que lo pienso creo que la escena me acabó de aterrizar frente a la violencia del movimiento y ratificó mi sorpresa ante la resistencia de la casa. Un montón de libros derrumbados era algo mínimo comparado con lo que empezaría a ver más adelante de otros lugares afectados. Con ayuda de mi sobrina reorganicé los libros en los anaqueles tratando de preservar mínimamente la clasificación por géneros que siempre le he dado a la colección. En un momento se me pasaron por la cabeza los dos libros relacionados con terremotos que recordaba tener en esa biblioteca: la colección de cuentos Después del terremoto, de Haruki Murakami; y la crónica 8.8 El miedo en el espejo, de Juan Villoro. Una rápida intuición me llevó a pensar que podían estar entre los títulos derrumbados. Pero la intuición derivó en paradoja al advertir que esos dos títulos estaban en los estantes bajos que no habían sufrido mayor alteración.  Los ubiqué con la mirada y me dije que había llegado la hora de releerlos, a lo que me dediqué desde la misma tarde del lunes hasta que la luz del día lo permitió, pues la energía tuvo intermitencias durante los tres días siguientes.

Después del terremoto reúne seis historias atravesadas emocionalmente por el sismo de 1995 en la ciudad japonesa de Kobe que, con una magnitud de 7.2 grados en la escala de Richter, dejó la dolorosa cifra de 6.434 muertos. 8.8 El miedo en el espejo es la crónica literaria en la que el escritor mexicano Juan Villoro entreteje su testimonio con el de otros escritores que se hospedaban en el Hotel Fundador de Santiago de Chile, como participantes del Congreso Iberoamericano de Lengua y Literatura Infantil y Juvenil, cuando en la madrugada del 27 de febrero de 2010 fueron sorprendidos por uno de los terremotos mas potentes y largos de la historia: 8.8 de intensidad y 7 minutos de duración en la zona del epicentro.

A pesar de la zozobra, en ese primer día antes de que cayera la oscuridad avancé en las páginas de la crónica de Villoro y me detuve en subrayados de lecturas anteriores: «Desconfío de los que en momentos de peligro tienen más opiniones que miedo», «Las réplicas más fuertes de un sismo son psicológicas», «Lo que el miedo destruye no se recupera en forma integral.»     

La inesperada reorganización de la biblioteca y el inicio de una relectura coyuntural me llevaron a recordar el artículo de Fanuel Hanán Díaz leído el día anterior. En una parte el autor dice: «Rearmar una biblioteca es una tarea extraña, paciente, yo diría que espiritual. No consiste únicamente en colocar cada libro en el lugar donde creíamos que estaba. Es, sobre todo, una forma de reencontrarse con una parte de la propia vida. Cada libro trae recuerdos del momento en que llegó a nuestras manos, la ciudad donde lo compramos, el amigo que nos lo regaló, el autor que nos lo dedicó, las conversaciones, los lugares.»

 

Levantarse con los libros

Desde hace cuatro años soy profesor de lectura crítica. Me gusta resumir mi trabajo diciendo que se trata de encontrar los caminos y estrategias para contagiar el entusiasmo por los libros y la lectura. También como entusiasta de la pedagogía de la pregunta de Freire, les insisto a los estudiantes que lo más importante al abordar cualquier tipo de texto es aprender a dialogar con él y cuestionarlo adecuadamente para que nos “cuente todos sus secretos”. A veces les recuerdo, ante la timidez o indiferencia de algunos, que toda pregunta es válida, y en ocasiones les he recalcado que no todas las preguntas tienen respuesta.

Me detengo en el tema de las preguntas y aludo al comportamiento de algunos estudiantes porque los interrogantes y lo emocional serán lo que determine en los próximos meses el trabajo de quienes vivimos el terremoto como responsables de formar jóvenes. El retorno a las realidades que se descolocaron abruptamente pasará por diferentes fases, desde el miedo y la incertidumbre hasta la esperanza y la resiliencia.

Sin duda de la experiencia de 1999 quedaron lecciones y aprendizajes. La capacidad de respuesta y la implementación de las normas de sismorresistencia mitigaron el impacto de un movimiento que fue considerablemente más fuerte. Pero el miedo y la zozobra trascienden generaciones, y nuestro cuerpo y cerebro nunca van a estar plenamente preparados ante una amenaza natural que proviene de ese elemento vital que pisamos con confianza y cultivamos con gratitud, pero que también maltratamos con sevicia e inconsciencia.

Bajo la premisa, también de Paulo Freire, de que «la lectura del mundo precede a la lectura de la palabra», las preguntas que surgen alrededor de la contingencia y el porvenir inmediato tienen que ver con la forma como “leemos” un evento natural catastrófico y las realidades subsecuentes, y la pertinencia de las acciones educativas y culturales para la reparación de los impactos. Y es que, como lo apunta Fanuel Hanán Díaz, «después de un desastre natural, muchas personas, sobre todo los niños, no necesitan que les expliquen algo que están viviendo en carne propia. Necesitan tiempo y compañía: para comprender lo ocurrido, para llorar, para recordar, para despedirse de quienes ya no van a volver». Para todo ello entra en juego la literatura y los libros, por supuesto, pero deben estar mediados no desde lo pedagógico moralizante y accesorio, sino desde su carácter humanizante y deliberativo, que conduzca a que las ideas y las historias que compartimos alimenten la “comprensión del mundo” y sus fenómenos, incluidos aquellos que tiran libros al suelo.   

  

 

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