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Septiembre amarillo

Hace ya once meses que mi mejor amiga se suicidó. Es una frase que aún me cuesta escribir, y no porque ignore lo que significa, sino porque hay hechos que, aunque se entiendan, cuesta ajustarlos al mecanismo horario de la existencia. Uno puede escribir suicidio, pronunciar suicidio, repetir muchas veces suicidio, pero hay algo en el término que sigue pareciendo imposible. Supongo que la muerte tiene esa particularidad: cuando les llega a los seres que queremos nos obliga a familiarizarnos con un acontecimiento que parecía lejano. Después, a convivir en él.

Hay, en el caso de mi amiga, una sincronía que se empeña en recordármela cada tanto: cumplimos años el mismo día. Durante mucho tiempo me pareció una de esas coincidencias insignificantes que, entre amigos, terminan adquiriendo cierta importancia. Nos felicitábamos, nos reíamos de la casualidad y sentíamos que el calendario había decidido hacernos una pequeña concesión: compartir, además de nuestra amistad, el día en que habíamos llegado a este mundo. Una pueril coincidencia, quizá por ello tenía su algo hermoso.

Llega septiembre, mes de nuestro cumpleaños, y con él el recuerdo de su risa amplia, y una celebración modesta, a la que no podrá asistir. Hay algo brutal en esa última frase, la muerte es, entre muchas otras cosas, asunto de conjugaciones. Antes cumplíamos, ahora cumplo, a secas. Sin embargo, el calendario continúa haciendo su trabajo con una indiferencia admirable: la fecha llegará puntual, como todos los años, un número ocupará el lugar de siempre, nadie se obstinará en recordarle que, justo ese día, una de dos ya no estará.

Mientras las campañas nos recuerdan que septiembre es el mes de la prevención del suicidio, no logro concebirlo como estadística, la palabra que cabe en un cartel amarillo, una cifra, para colmo muerta. Para mí el suicidio tiene rostro y voz de mujer, aroma a mujer, nombre de mujer. Antes de convertirse en número, cada persona eligió o le tocó ser alguien para otra, celebró cumpleaños, tuvo amigos, canciones que le gustaban, cosas que la hacían rabiar, espacios donde fue feliz, días amargos. Alguien, en algún lugar, todavía conserva una fotografía suya, y quizá no sabe muy bien qué hacer con ella.

Mi amiga tuvo todo eso, y seguramente más. La muerte sabe jugar a la crueldad: se lleva a los nuestros, pero deja intacto todo aquello que alguna vez construimos juntos. Quedan las fechas, las fotografías, los espacios, las canciones, bellas frases que parecieron sabias en la voz de quienes ya no pueden pronunciarlas. Al hablar de suicidio deberíamos empezar por ahí: por todo lo que fueron aquellas personas. Y no para romantizarlo, ni para convertirlo en fábula —la muerte por mano propia tiene todo menos de fábula—, sino para recordar que detrás de aquello que ahora es un número, existió un ser humano. Alguien que quiso, que se equivocó, que tuvo miedo, y que sonrió y lloró y puteó cuando le fue necesario.

Septiembre tiene ahora dos significados para mí. Es el mes amarillo, el de las campañas, el diálogo y el intento colectivo por la memoria. Y también el de la ausencia de mi amiga. El mes en el que ya no podré celebrar su cumpleaños. A manera de consuelo, me digo que, en todo caso, la fecha seguirá siendo nuestra, nuestros los recuerdos y el tiempo que los avejenta.

 

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