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Literatura juvenil, un género subestimado

Mientras muchos estudiosos de la literatura clásica y amantes del boom latinoamericano miran a la literatura juvenil por encima del hombro, como si ella fuera lo peor que el comercio literario se hubiera inventado, no se dan la oportunidad de descubrir que entre sus páginas también hay historias capaces de preparar a sus lectores para comprender un mundo cada vez más complejo, un mundo en el que se manipula la información, se cuestiona la libertad de expresión y hasta se modifican obras literarias para hacerlas más «digeribles» y adaptables a la sociedad actual. Si no me creen busquen qué hicieron con el título Diez negritos, de Agatha Christie, a fin de adaptarlo al contexto actual, y eso fue solo el comienzo.

Hoy por hoy, en varios países del mundo, las libertades se ven amenazadas y el acceso a la información se convierte, cada vez más, en un asunto de poder, de jerarquía y “cultura”, cualquiera sea la interpretación que el mandatario del turno dé a esa palabra. Porque una sociedad que no lee, que no cuestiona y que no aprende a reconocer la manipulación, es mucho más fácil de controlar, más manipulable. Y, en medio de todo esto, los libros parecen convertirse en objetos cada vez más costosos y menos accesibles, una manera muy sutil de alejarnos de la lectura, inconcebible que un libro cueste más que un día laboral. Imaginen una persona con salario mínimo, o lee o come, no hay de otra.

Pero volvamos al punto.

Cada día parece más evidente que vivimos a merced de líderes autoritarios que convierten sus círculos cercanos en élites privilegiadas, mientras mantienen al pueblo satisfecho con migajas y pequeñas concesiones que, aunque necesarias en algunos casos, también pueden utilizarse para hacerle creer que debe servir al poder, en lugar de exigir que el poder esté al servicio de la gente.

¿Les suena conocida la expresión panem et circenses, pan y circo?

A quienes leemos literatura juvenil, probablemente esa expresión nos lleve de inmediato a Panem, al presidente Snow, al Capitolio y, por supuesto, a Los juegos del hambre.

La saga de Suzanne Collins nos presenta un gobierno opresor, autoritario y profundamente desigual que, después de una guerra, somete a la población y convierte la violencia en espectáculo. Los juegos del hambre no son simples competencias televisadas: son una demostración de poder, tengan en cuenta que en la serie ver Los juegos es obligatorio, los enseñan en el distrito 12, en las minas, en el 11, en los cultivos, y así en todos los distritos que componen la sociedad, una estrategia de intimidación permanente que da cuenta de lo que ocurre cuando el pueblo desafía al Capitolio, un recordatorio de que nadie puede darse el lujo de hablar mal de su presidente. El distrito 13, reducido a cenizas, es una prueba de ello, pese a su importancia estratégica para los fines del Capitolio, fue desaparecido. Todo alrededor de Los juegos está disfrazado de entretenimiento, un entretenimiento exclusivo de la élite, claro, del Capitolio, para los distritos es muy diferente, un pueblo obligado a contemplar cómo sus propios hijos se convierten en instrumentos de control político, finge que se entretiene y teme revolucionarse.

Sin embargo, el sistema no es invencible. En la medida que crecen los abusos crece también la resistencia, el pueblo despierta y la rebelión demuestra que el poder también puede caer, en un solo acto, el de una niña del distrito más pobre que se ofrece como tributo a fin de salvar la vida de su pequeña hermana, una muestra de humanismo que se alza por encima de cualquier control.

¿Les recuerda algo? Tal vez no haya que buscar una equivalencia exacta en la historia para reconocer los mecanismos de propaganda, desigualdad y control que la ficción pone frente a nuestros ojos. Porque, al final, ¿no es precisamente esa una de las grandes virtudes de la literatura? Permitirnos reconocer en mundos imaginarios y distópicos los hechos que existen, o podrían existir, en el nuestro.

Otro ejemplo es el grandioso Divergente, la trilogía de Veronica Roth. Sus primeros libros nos presentan una sociedad dividida en facciones, en la que cada grupo debe cumplir una función específica. Salirse del parámetro establecido puede convertirte en amenaza para el establecimiento. La aparente estabilidad de ese sistema esconde algo mucho más oscuro: una estructura de control que determina quién pertenece, quién sobra y quién tiene derecho a dirigir y decidir por el pueblo.

Y cuando descubrimos que detrás de todo hay un experimento, la pregunta deja de ser únicamente por qué una sociedad necesita dividir a sus ciudadanos y pasa a ser otra mucho más inquietante: ¿qué ocurre cuando quienes ejercen el control ni siquiera necesitan que sus víctimas sepan que están siendo controladas?

Esta trilogía, se puede decir, nos hace pensar en realitys al estilo de La casa de los famosos, Gran hermano, y algunos otros experimentos sociales televisados en los que encierran a cierta cantidad de personas en una casa, los ponen en situaciones de conflicto y publican sus reacciones, espectáculos deprimentes que hacen ya parte del folclor de nuestro país. Cada año se estrenan nuevas temporadas de los mismos realitys en los que famosos o personas del común son puestos en situaciones de conflicto para que nosotros, los televidentes, nos sintamos con la autoridad moral de decir yo no haría eso, o qué tipo o qué mujer tan desagradable, cuando en la práctica ignoramos cómo se siente tener una necesidad de dinero o exposición tan grandes, como para encerrarnos en una casa a convivir con desconocidos.

Alchemised, Empíreo e incluso Harry Potter también ofrecen, cada uno a su manera, reflexiones sobre el poder, la propaganda, la discriminación, la obediencia, la resistencia y las consecuencias de permitir que una autoridad se considere superior a las personas a las que gobierna.

Entonces, ¿de verdad podemos seguir diciendo que todos estos libros son literatura basura?

Estas historias no necesariamente ofrecen respuestas políticas definitivas ni convierten automáticamente a sus lectores en ciudadanos críticos. Pero sí pueden despertar preguntas, poner en duda certezas y enseñarnos a reconocer las señales de un sistema que comienza a torcerse. Nos hablan de la importancia de elegir, de cuestionar, de resistir y, sobre todo, de comprender que permanecer al margen también puede tener consecuencias. El día que niños y adolescentes lectores de sagas juveniles crezcan y tengan que tomar decisiones que afecten a su sociedad, quizá recuerden a Katniss, a Hermione, a Tris y a tantos otros personajes que se convirtieron en símbolos de causas justas, de resistencia y de unión frente a la injusticia.

Pero también recordarán a quienes estuvieron del otro lado; a esos personajes que nos enseñaron que las cosas no siempre son tan sencillas como parecen. Porque entre los buenos y los malos hay zonas grises. Ahí están Dain, Cuatro, Gale, Plutarch y muchos otros, personajes que nos obligan a preguntarnos si las intenciones justifican las acciones, si obedecer es lo mismo que hacer lo correcto, y si pertenecer a un sistema significa necesariamente estar de acuerdo con él.

La literatura juvenil también nos enseña que las personas pueden cambiar de perspectiva, que las convicciones pueden derrumbarse y que, en ocasiones, quienes creen estar haciendo lo correcto terminan sosteniendo aquello contra lo que deberían luchar. Y que cambiar de bando no siempre significa convertirse en un héroe: también importa por qué lo haces y qué estás dispuesto a sacrificar.

Con esto no quiero decir que la literatura clásica o que las grandes obras no puedan enseñar todo lo anterior. Lo que quiero decir es que la literatura juvenil está escrita de tal manera que para el niño y el adolescente resulta sencillo avanzar, entender, y engancharse, algo que la cultura de la inmediatez y el video de 30 segundos nos permite cada vez menos. La exuberancia del lenguaje deslumbra a quienes llevan años leyendo, pero espanta a los que intentan tomar el hábito. Por eso me cuesta tanto aceptar que alguien reduzca todas estas historias a simples productos comerciales destinados a entretener adolescentes. Que existen libros juveniles comerciales, predecibles o mal construidos, por supuesto, los hay en todos los géneros, en Colombia abundan, pero convertir un bodrio en botón de muestra es, precisamente, renunciar a la crítica literaria.

Así que, la próxima vez que quieran decir que los jóvenes de hoy solo leen basura comercial, los invito a detenerse un momento y preguntarse para qué sirve esa supuesta «literatura desechable». Pregúntense qué idea despierta, qué conversaciones provoca y qué herramientas les ofrece a sus lectores para interpretar el mundo. Porque, a veces, una historia sobre una chica que se enfrenta a un gobierno opresor puede abrir más preguntas sobre el poder que un discurso entero sobre la libertad. Y una distopía puede enseñarnos a desconfiar de quienes pretenden decidir por nosotros qué debemos pensar, qué debemos leer y qué debemos recordar. Si les contara que el terror de Stephen King es, en muchas ocasiones, mucho más humanista que paranormal, probablemente se quedarían con los ojos de par en par.

Pero esa historia será para otro momento.

 

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