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​​​​​​​La fatiga de tener que superarse

Vivimos un tiempo en el que el verbo superarse se convirtió en mandamiento. Ya no basta con hacer las cosas lo mejor que se puede: ahora hay que hacerlas de manera impecable, mucho más rápido, y con una sonrisa estampada en el rostro. Cuando alguien publica en sus redes sociales que se levanta a las cinco de la mañana a entrenar, leer treinta páginas del libro de moda, meditar y responder correos antes de las ocho, el pueblo aplaude. Y cómo no, si desde niños nos inculcaron que alcanzar el éxito es el sentido único de la existencia, que todo es posible para quien trabaja duro, que el descanso es un merecido premio, y no una necesidad. Desde hace varios años, la superación personal ocupa el primer lugar en la escala de valores y creencias de millones de seres humanos en todo el mundo. No es casualidad que, mientras aumentan las posibilidades de estudiar, emprender o trabajar desde cualquier lugar, también lo hacen la ansiedad, el agotamiento y la muy extraña sensación de no estar haciendo nunca lo suficiente. Paradójicamente, en la era de las comodidades, vivimos cansados.

 

A todo lo anterior, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han ofrece una explicación inquietante. Según él, las sociedades contemporáneas ya no necesitan controlar a las personas mediante la prohibición o el castigo. El poder encontró una herramienta mucho más eficaz: convencernos de que debemos exigirnos constantemente. Ya no hace falta un jefe para evaluar nuestro rendimiento, ahora somos nuestros propios supervisores, los más severos. La diferencia parece sutil, pero cambia por completo la forma en que vivimos. Ayer, la explotación venía de afuera, hoy la llevamos dentro. Somos quienes aceptamos jornadas interminables, quienes sentimos culpa al descansar, quienes creemos a pie juntillas que el ocio es el peor enemigo de la productividad.

 

Basta mirar alrededor para entender cómo se mueve el siglo. En las redes sociales abundan los ejemplos, predicadores del buen hábito, empresarios ambulantes y estoicos de gimnasio son apenas un síntoma de esta aterradora contemporaneidad. Leer por cumplir una meta, caminar por batir un récord y hasta dormir bien en procura de un mejor rendimiento, son objetivos a la orden del día.

 

Quizá el gran desafío de nuestro tiempo sea recuperar la capacidad de detenernos, sin sentir culpa. Parece una idea sencilla, pero, en una sociedad en la que cada minuto se mide en resultados, parar para pensar es prácticamente un acto de rebeldía. Es esa, me parece, la idea más destacada Chul Han. La libertad no es una feria de oportunidades a disposición, es el derecho a elegir, sin apuros, cuál de ellas podría convenirme.

 

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