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La divina incorrección

Hay una tradición en los Estados Unidos que encuentro envidiable: su devoción por la comedia. Esta nación ha producido generaciones de cómicos extraordinarios. Desde el cine silente, empezando por Buster Keaton y Charlie Chaplin, hasta los hilarantes hermanos Marx con Groucho a la cabeza. Es realmente notable la capacidad humorística, el arrojo y el desparpajo de personajes como Mel Brooks o Woody Allen –que, aunque cancelado, dejó algunas de las escenas más graciosas de la pantalla grande–. Muchos de ellos empezaron haciendo números en clubes de comedia; de ahí saltaron a los late shows, luego a sitcoms o comedias de sofá, para llegar a convertirse en celebridades de lo witty, de la inteligencia graciosa. También hay quienes son un tesoro nacional por ser básicamente elocuentes, como la magnífica Fran Lebowitz y su predecesora, la cuentista y observadora social Dorothy Parker, quien se definía no como una escritora que tenía problemas con la bebida, sino como una bebedora que tenía problemas con la escritura.

 

Tema al margen, los enormes oradores de la comedia como George Carlin —que, al revisar de a poco el archivo de sus presentaciones de stand-up, se han erigido como verdaderos profetas, anunciando desde los años setenta y ochenta el absurdo woke que se avecinaba—, y cómo no recordar a Andy Kaufman, rarísimo comediante que se enfrentaba sin miramientos con mujeres en el cuadrilátero y que casi deja trastornado al actor Jim Carrey cuando lo interpretó en su biopic. Estamos hablando de un espíritu que, por supuesto, no representa al conjunto de la sociedad estadounidense, pero que no deja de llamar la atención por ser uno de los segmentos del entretenimiento más exitosos y consumidos por el público.

 

Ahora hablemos de Larry David, quien ocupa mis días con su serie Curb Your Enthusiasm. Conocido por haber sido el cocreador de la exitosísima Seinfeld, Larry ha hecho de la amargura una marca y de la misantropía un traje de alta costura. Es llamativo observar las líneas o los diálogos donde su personaje, una especie de alter ego, no expresa la más mínima compasión por niños, ancianos o personas en situación de discapacidad. Y es que, desde su punto de vista, la estupidez no tiene edad, ni la bondad proviene de ser alguien infeliz o desafortunado. La gente, por lo general, es estúpida, mezquina, indisciplinada y anhela una condescendencia que Larry David no está dispuesto a brindarles. ¿A razón de qué?

 

Esta serie y este estilo de comedia resultan chocantes de ver, dado que hoy en día mucha gente espera que el humor no hiera sentimientos. En esto, la llamada agenda woke tiene mucha influencia; ahora resulta que incluir al miembro de una minoría en un gag cómico es «discriminatorio». No para Larry David: él está dispuesto a que lo cancelen con tal de dejar en evidencia la ausencia de sentido común, la cursilería y el exceso de buenas maneras en la sociedad. ¿En qué momento nos convertimos en seres condescendientes, débiles, incapaces de responder con gracia o altura, y proclives siempre a la victimización?

 

Si una herencia terrible nos ha dejado el wokismo, es haber creado el relato de que somos seres frágiles, sin faceta humorística, planos en nuestros complejos y en nuestra incapacidad de vernos con sentido de autocrítica; y, en consecuencia, una sociedad insulsa, pacata y temerosa. En ese sentido, creadores como Larry no solo nos presentan una mirada realista, sin concesiones ni miramientos: hay demasiados niños en este mundo, no por ser viejo eres sabio, se han creado demasiadas reglas, los dueños de perros pueden ser gente insufrible, hay gente mediocre en todas partes... y decirlo resulta refrescante.

 

Pero la obra de Larry David no solo se ocupa de pequeñas neurosis. Es hilarante la escena de la serie en la que reúne, casi por accidente, a un sobreviviente del Holocausto con un ex participante del programa de televisión Survivor. Ya que Larry es judío, se da estas licencias: los sienta a ambos en una cena con amigos y terminan enfrascados en una discusión sobre quién había sufrido más. Y así, terminas sentado en la sala de tu casa burlándote de alguien que interpreta a un sobreviviente del Holocausto. Porque todo es susceptible a la comedia y ahí está el «detalle», como diría nuestro popular Cantinflas.

 

Reír, mofarse, saberse fallido, saberse movido por la banalidad, no aspirar a la realización personal y a la perfección emocional puede parecer tortuoso, pero es el mundo en que vivimos. Creo que la vida es mucho más interesante cuando eliges la risa por encima del sufrimiento, y si es a costa de otros, mejor.

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