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La sensibilidad de la mirada

Hay un momento, justo antes de hacer una fotografía, en el que todo parece detenerse. Alguien grita una consigna, un músico termina un acorde, el público estalla en aplausos porque el show fue un éxito o una lágrima aparece sin pedir permiso. Por un instante, el fotógrafo deja de escuchar todo eso para empezar a observarlo. Ese momento ocurre cuando la cámara encuentra un rostro.

No recuerdo cuántas veces escuché esa recomendación durante mi formación: "péguese la cámara en la cara", "ponga el ojo en el visor". Todos mis maestros, sin excepción, terminaban diciendo lo mismo. En ese momento parecía una instrucción técnica, pero en realidad era una forma de asumir la labor. Con los años entendí que tenían razón.

He pasado buena parte de mi vida fotografiando marchas, conciertos, encuentros culturales y personas que terminaron enseñándome cosas que difícilmente se aprenden en un aula. A eso yo lo llamo agarrar calle”. Y si algo aprendí en todos esos escenarios es que las historias rara vez ocurren a la distancia o esperando a que lleguen mientras uno está sentado frente a un escritorio.

En una manifestación, por ejemplo, la noticia no siempre está donde apuntan los micrófonos o donde se concentran las vistas y el alcance en redes sociales. A veces sucede dos metros más atrás: en la mano que sostiene otra, en el "Mechudo" que no tuvo dinero para comprar la camiseta y decidió pintarla con vinilo, o en quienes gritan y sonríen porque hacen lo que aman y lo muestran con orgullo. Ninguna de esas escenas avisa que va a ocurrir. Hay que estar atento. Hay que estar allí.

Cuando comencé, llevar la cámara hasta el visor era casi un acto automático. Era la técnica, decía. Con el tiempo entendí que no era una costumbre, sino una forma de desaparecer. Cuando el ojo entra en el visor, la cámara deja de sentirse como un objeto entre las manos y se convierte en una extensión de la mirada. Todo lo demás pierde importancia. Solo quedan la escena y la responsabilidad de contarla con honestidad.

Pero hoy esa relación parece estar cambiando. Es común encontrar fotógrafos trabajando con la cámara frente al cuerpo y siguiendo la escena desde una pantalla brillante. No hay nada incorrecto en ello. Las cámaras evolucionan, ofrecen herramientas extraordinarias y sería absurdo desconocer todo lo que la tecnología ha aportado a la labor. Sin embargo, a veces tengo la sensación de que, mientras la pantalla se acercó a nuestro día a día, nosotros empezamos a alejarnos de la realidad.

Y no hablo de centímetros, hablo de otra clase de distancia. De la que aparece cuando dejamos de respirar el mismo aire de aquello que fotografiamos; cuando la resolución de la imagen empieza a importar más que el instante; cuando el encuadre pesa más que la historia; cuando olvidamos que antes y después de una fotografía siempre hay una persona.

Hace poco volví a leer la frase atribuida a Robert Capa y que tanto circula entre fotógrafos: "Si tus fotografías no son lo suficientemente buenas, es porque no estás lo suficientemente cerca". Durante años creí que hablaba del espacio entre el fotógrafo y su sujeto. Hoy estoy convencido de que esas palabras hablan de algo mucho más profundo: de la cercanía con la realidad.

No creo que el problema sea la pantalla, tampoco la tecnología. Sería injusto culparlas de algo que depende únicamente de nosotros. Lo que me preocupa es que olvidemos que el fotoperiodismo no consiste en producir imágenes. Consiste en construir memoria, narrar historias con responsabilidad y conciencia. Y eso, como las buenas fotografías, rara vez se hace desde lejos.

Por eso sigo llevando la cámara hasta el ojo cada vez que salgo a trabajar. No por capricho, ni porque así me enseñaron, ni porque quiera resistirme a los cambios. Lo hago porque, cada vez que el visor oscurece todo lo que queda por fuera del encuadre, recuerdo que el verdadero trabajo del fotógrafo nunca ha sido mirar una pantalla. Ha sido aprender a mirar a las personas y sus realidades.

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