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Quién pregunta por Cioran

Nadie, o casi nadie, que no es lo mismo, pero como si lo fuera. En la era de la corrección política, mutación genómica del biempensantismo francés del siglo XIX, leer a Cioran es prácticamente un anacronismo, mejor airearse la entrepierna con Foucault, Derrida, Lacan, Barthes, Deleuze o Baudrillard.

Fue el llamado Apóstol del pesimismo radical, etiqueta que solía rechazar, pues veía tanto en el pesimismo como en el nihilismo simplonas categorías escolares, el que sentenció que se puede dudar absolutamente de todo, afirmarse como nihilista y, sin embargo, enamorarse como el mayor idiota. Y es que todo, a excepción de Bach, perturbaba a Cioran, su música, dijo, es prueba irrefutable de que la creación del mundo no es un fracaso absoluto.

Luego de estudiar filosofía en la Universidad de Bucarest partió a París, donde vivió por el resto de su vida. En 1946 renunció a la nacionalidad rumana y se declaró apátrida. El mejor estatus posible para un intelectual, dijo, es no tener nacionalidad. Quizá fue esta la forma de abjurar de su simpatía juvenil por la Guardia de Hierro, movimiento de corte fascista, ultranacionalista y antisemita que nació y creció en Rumania entre 1927 y 1941. O de la que tuvo por el mismo Hitler, de quien dijo era el político más simpático y admirable de la época. En aquellos tiempos escribió La transfiguración de Rumania (1936), libro en el que declaró su desprecio por la democracia parlamentaria y el liberalismo, así como su admiración por el nazismo y el fascismo, fuerzas vivas capaces de sacar a la tierra de los romanos de su letargo histórico. Más tarde, en su madurez filosófica, calificó de delirio y vergüenza moral aquellos criterios políticos. Desde entonces, adoptó el escepticismo como postura vital frente al mundo.

 

En 1947, mientras traducía a Mallarmé, decidió hacer del francés su lengua de escritura. Breviario de podredumbre (1949), fue su primer libro en este idioma. Después vendrían Silogismos de la amargura (1952), La tentación de existir (1956), La caída en el tiempo (1964) y Del inconveniente de haber nacido (1973). El Cioran que ya no leemos nació en la pulsión interior negativa y dominante que lo animó a explorar el sinsentido de la existencia y la naturaleza de la malignidad humana, a rebatir con argumentos fundados en el absurdo trágico de la realidad objetiva el andamiaje mítico de la religión, la fantasía del progreso y la ortodoxia de la filosofía tradicional. El insomnio, padecido desde la adolescencia, lo obligó a mantenerse lúcido las veinticuatro horas de cada día. A no rezar ni sonreír, a beber, fumar y emprender largas caminatas, generalmente de madrugada, bajo el lluvioso cielo de París, donde murió el 20 de junio de 1995, desmemoriado, a los 84 años. Cioran vivió como quiso, quizá como pudo, lejos de halagos y mentideros reservados a los intelectuales, de la batalla de ideas y la discusión sistemática, de la intención maniquea de reducir la probada sensatez de un hombre digno, a simple figura de culto. 

 

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