Cada reforma educativa promete preparar a los estudiantes para el futuro. Se habla de
competencias, innovación, pensamiento computacional, inteligencia artificial y habilidades
para el siglo XXI. Todo parece indicar que la escuela avanza. Sin embargo, basta entrar a
muchos salones de clase para descubrir una paradoja: seguimos formando jóvenes
capaces de responder preguntas, pero cada vez menos acostumbrados a formularlas.
Tal vez por eso la literatura continúa siendo vista como un lujo. Una asignatura noble, sí,
pero prescindible. Algo que puede sacrificarse cuando hay que fortalecer las matemáticas,
mejorar los resultados de las pruebas estandarizadas o hacer espacio para nuevas
tecnologías. Como si leer una novela fuera un descanso entre los aprendizajes
verdaderamente importantes.
La ironía es evidente. Nunca hemos estado tan rodeados de información y, al mismo
tiempo, tan necesitados de interpretación.
Interpretar es la competencia olvidada de la educación. No consiste únicamente en
comprender un texto. Es reconocer lo que una cifra oculta, advertir el interés detrás de un
discurso, descubrir el significado de un silencio o entender que un mismo hecho admite más
de una lectura. Interpretar es, en últimas, aprender a habitar un mundo que rara vez ofrece
respuestas simples.
Y pocas disciplinas entrenan esa capacidad con tanta profundidad como la literatura.
Leer a Kafka no enseña únicamente quién fue Kafka. Leer a García Márquez no consiste en
memorizar el realismo mágico. Leer a Borges no debería reducirse a identificar laberintos y
espejos. La verdadera lección ocurre cuando el lector descubre que toda historia exige
tomar decisiones: qué creer, de quién desconfiar, qué permanece oculto y qué significado
puede construirse a partir de aquello que el autor decide callar. Ese ejercicio intelectual no
termina cuando se cierra el libro. Acompaña al lector cuando analiza una noticia, escucha
un debate político, interpreta un fenómeno científico o intenta comprender a otro ser
humano.
La escuela, sin embargo, ha insistido en enseñar la literatura como si fuera un museo. Se
recorren épocas, autores y movimientos con el mismo afán con que se atraviesan las
vitrinas de una exposición. Se sale con algunos datos interesantes, pero pocas veces con la
sensación de que esas historias todavía tienen algo que decirnos.
Quizá ha llegado el momento de dejar de preguntar qué puede hacer la literatura por la
clase de español y empezar a preguntarnos qué puede hacer por toda la educación.
Porque una novela histórica puede abrir la puerta a comprender mejor un conflicto social
que un esquema cronológico de acontecimientos. Un relato de ciencia ficción permite
discutir los límites éticos de la tecnología mucho antes de que aparezcan en un manual. Un
cuento policial enseña que toda conclusión depende de la calidad de las evidencias. Incluso
un poema puede convertirse en la mejor lección sobre la precisión del lenguaje, esa
herramienta con la que después construiremos argumentos, hipótesis y explicaciones.
No se trata de convertir a todos los profesores en docentes de literatura. Se trata de
entender que las historias han sido, desde mucho antes de la escuela, una de las formas
más sofisticadas de organizar el conocimiento humano. Antes de los tratados científicos
existieron los relatos. Antes de las teorías estuvieron las narraciones con las que
intentábamos explicar el mundo.
Quizá el mayor error de nuestro sistema educativo haya sido confundir información con
comprensión. La primera cabe en una pantalla; la segunda necesita tiempo, conversación y
lectura. La información puede almacenarse. La comprensión siempre debe construirse.
Por eso la literatura no es un adorno humanista ni una concesión romántica para quienes
disfrutan los libros. Es un entrenamiento para la inteligencia. No porque entregue
respuestas, sino porque enseña a convivir con las preguntas.
Y acaso esa sea la tarea más urgente de la educación contemporánea. No formar
estudiantes capaces de repetir lo que saben, sino ciudadanos capaces de interpretar el
mundo que les corresponde vivir. Todo lo demás, incluso el conocimiento técnico, termina
dependiendo de esa habilidad silenciosa que comienza, casi siempre, cuando alguien abre
un libro y acepta la invitación de mirar la realidad con los ojos de otro.

