Toco y me voy
«Cuando me muerda la pena no voy a llorar.
Se ha terminado el festival…»
—Bersuit Vergarabat
Pasaron más de cuatro décadas desde que vi de manera consciente mi primer mundial de fútbol. Y, siendo sincero, pensé que mientras siguiera con vida no me perdería ninguno, sin importar lo que tuviera que hacer para ver «todos los partidos» cada cuatro años. Y cumplí hasta Qatar 2022. Cuando anunciaron el nuevo formato de 48 equipos, supe que mi relación «más tóxica» estaba por terminar.
Me enamoré a primera vista en 1982, y fueron los magos de Brasil los que me contagiaron ese virus, y vaya que me dolió que ese equipazo sucumbiera ante Italia. Y aún duele. Hace un tiempo me dispuse a ver de nuevo ese partido, ya que iba a escribir un texto sobre el Mundial de España, y después del empate a dos no fui capaz de seguir. El dolor de ese recuerdo fue suficiente; no necesitaba revivirlo en imágenes.
Creo que mi desenamoramiento tiene un momento cumbre, pero me tomó tiempo terminar esa relación. La tristeza de Estados Unidos 94 no fue por la eliminación; fue por la muerte de Andrés Escobar y, en ese preciso instante, empecé a creer que realmente tanta pasión y devoción no valían la pena. Pero empezó ese periplo de ruptura y reconciliación que finalmente no me dejó alejarme, ni siquiera siendo consciente de que algo se rompió en ese momento.
El mundial tiene el plus de ser cada cuatro años; afortunadamente, esa idea de Gianni Infantino de hacerlo cada dos no prosperó. En su momento, lograr la clasificación solía ser un premio en sí mismo, parte del gran orgullo de alcanzar un cupo en un grupo selecto y garantizar la presencia en un torneo de alto nivel con invitados especiales; era estar en zona VIP. Pero eso ha quedado atrás.
La eliminatoria sudamericana se parece más a uno de esos torneos invitacionales que hacen las empresas. Ahora juegan tres años para eliminar a tres selecciones de manera directa entre diez aspirantes; es una ronda en la que es más difícil salir eliminado que clasificar. Además de sumar invitados a diestra y siniestra, ahora el mundial tiene toda una ronda adicional después de la fase de grupos, eso sin mencionar ese contentillo y sofisma de distracción llamado repechaje, especialmente ese formato europeo de cuatro equipos luchando por un cupo. Desgasta la cantidad de partidos de nivel cuestionable.
Aunque me asalta una duda: ¿tan bajo es el nivel de Italia, tetracampeón del mundo, que ni siquiera logra asistir a un evento de 48 selecciones? Pero esa es otra historia; sigamos.
Y no solo el nivel competitivo del torneo está en entredicho; el mundial de fútbol se volvió otra pantomima en el circense acto mediático del supuesto poder de los Estados Unidos de Donald Trump. Irán cuenta con visas temporales de 24 horas en Estados Unidos, lo que obliga a sus integrantes a desplazamientos innecesarios y a un desgaste adicional, con casi ningún tiempo de recuperación después de cada partido; un equipo que parte en desigualdad de condiciones competitivas. Además, a 14 miembros de su delegación se les negó la entrada al país norteamericano.
A su vez, el gran referente del equipo de Irak, el delantero Ayman Hussein, fue retenido durante siete horas a su llegada a la ciudad de Chicago. Por otro lado, el fotógrafo de la selección, Talal Salah, permaneció, al menos, doce horas en el aeropuerto para luego ser obligado a abandonar Estados Unidos. Después de su extenso interrogatorio, Hussein hizo una pregunta que debe retumbar en el aire: «¿Por qué Estados Unidos organiza el Mundial si es tan hostil con los ciudadanos extranjeros?».
De igual forma, el árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan, reconocido como el mejor árbitro africano en 2025, fue rechazado y devuelto a su país de origen desde el aeropuerto de Miami después de ser interrogado durante al menos once horas. En Somalia fue recibido como héroe por una multitud y ahora Canadá le ha pedido a la FIFA que designe a Artan en partidos que se jueguen en su territorio. Veremos qué pasa.
Es claro que será la primera vez, desde 1982, en la que el mundial de fútbol sea irrelevante para mí, aunque me despedí de él hace tiempo. Primero olvidé algunas ligas que seguía de manera enfermiza y, después de la Copa América, me alejé de las eliminatorias. No seguí a una Colombia que dudo hubiese clasificado si el formato anterior se hubiese mantenido. Creo que mi despedida de los mundiales fue decorosa, con un equipo marroquí que disfruté ver jugar y con la final más emocionante que tuve la oportunidad de presenciar en esas cuatro décadas.
Bueno, y a todas estas, ¿la FIFA qué dice? Bien, gracias. Se lava las manos diciendo que no maneja la migración de los países sede, pero se le olvida que es la encargada de elegir dichas sedes. Igual, no iba a cambiar por ningún motivo. Su avaricia sin límite le ha dejado claro que Estados Unidos se apropia de cualquier tipo de expresión cultural o deportiva si cumple con sus fines comerciales, y ahora es el turno del mundial de fútbol. E Infantino y compañía tienen claro que, sin importar el nivel competitivo del evento, rentable sí será.
Jorge Mendoza, muy buen jugador de fútbol cuando está dormido, como decía Eduardo Galeano.

