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Charles Bradley: el astronauta descalzo del soul

Charles Bradley: el astronauta descalzo del soul

 

 

Esta es una historia sobre la Norteamérica negra. Esa que no será “grande de nuevo” porque siempre ha sido grande. Grande, entre otras cosas, porque tiene alma; tiene soul. Algo que parece no tener ese señor anaranjado, triste excusa de líder, un tal Donald Trump. Y es que la llamada tierra de las oportunidades no sirve leche y miel a todos sus comensales; hay gente que nace, crece y muere comiendo barro, por decir lo menos. ¡Vaya problema no haber nacido naranja ni blanco en EE. UU!

Hace un tiempo quise escribir un cuento que se llamara La soledad del astronauta. No sé mucho de la NASA ni del programa espacial, pero suelo fantasear con la idea de una misión de un solo hombre que pasa los días contemplando el universo desde su cápsula.

Eso me lleva a pensar en lo fugaz, en la sensación de fugacidad, en ese milagro que hace que las cosas nazcan, te encandilen y luego desaparezcan. Me traslado del cosmos al mundo de los hombres, a las calles de cualquier ciudad, y encuentro a mi propio astronauta, solitario y hambriento: Charles Bradley, ese fulgor del soul a quien la gloria le duró poco y le llegó demasiado tarde. Porque Charles Bradley fue, sin duda, una estrella demasiado terrestre, demasiado mundana. No conoció a su padre, creció en Brooklyn, trabajó aseando un psiquiátrico, vivió en la calle y aguantó hambre. Viajó por toda Norteamérica buscando que alguno de sus sueños se hiciera realidad. Pronto descubrió que no había tiempo para soñar.

Lo intentó durante sesenta amargos años, pero esa América no era su América. En el metro, Charles Bradley, dueño de una voz poderosa, rasgada, una voz de soul, se ponía una peluca, un atuendo a tono e imitaba a James Brown; así empezó a lograr reconocimiento allí y luego en los pequeños antros locales.

La vida da vueltas. A veces es cuestión de estar en el lugar correcto, con las personas correctas y a la hora indicada. No a todos nos pasa, pero a Charles le ocurrió. Fue descubierto por Gabriel Roth (más conocido como Bosco Mann), cofundador de Daptone Records. Roth presentó a Bradley a su futuro productor, Tom Brenneck, entonces compositor y guitarrista de The Bullets y más tarde de Menahan Street Band. Entonces, como un acto de redención o de buena fortuna, lanza su primer disco, No Time for Dreaming (2011). De repente, se encontró rodeado de músicos y acogido por un modesto estudio. “¿Por qué es tan difícil lograrlo en América?”, decía la letra de uno de sus sencillos.

Los días de Charles Bradley lo encaminaron a una vía láctea de conciertos y fama tardía. Luego publicó un segundo disco y, en la gira del tercero, tras apenas seis años de carrera, cayó enfermo. Le diagnosticaron un cáncer de estómago y murió en septiembre de 2017. Se convertía así en un gigante fugaz del soul. Fue un astronauta descalzo, un cuerpo celeste que cantó muchas veces a la luna en medio de la suciedad, los desechos de las palomas, el ripio de los vidrios y el aceite de los autos. Como digno representante del soul, hablaba del dolor, pero también le abría paso al amor, a la justicia social y a los sueños de cambio. Así proyectó su luz: con su frente sudorosa, su fraterna mirada y sus miles de colores. Solían llamarlo The Screaming Eagle of Soul; es inevitable escucharlo y no notar algo aéreo en él.

Yo lo elevaría a cometa Bradley que, a su paso, nos dejó en la piel su quemadura.

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